| TuMoneda.com - El cuento del pichirre | |
| En aquel pueblo de Nuestra Señora del Rosario no había un hombre más avaro que Don Tino Pérez, aunque cuando el estaba presente todo el mundo le decía “Don Tino”, aquellas personas de menos nivel cultural lo llamaban "Ño Tino”, sin embargo a espalda de el todo el pueblo lo llamaba “El Pichirre”. El afán de Don Tino era amasar dinero, como pudiera, para el no había satisfacción en la cama, el buen comer, o en los hechos espirituales, su mayor satisfacción era contar sus morocotas, hecho que realizaba en forma diaria, dicha morocotas, las soleaban en un cuero de res para luego pulirlas con un viejo trapo casi desgastada por el uso. De Don Tino se tejían múltiples comentarios en el pueblo, pese de ser respetado por sus ciudadanos, dada su gran influencia entre las autoridades, por ser el hombre más adinerado de la próspera ciudad de Nuestra Señora del Rosario, así como por su condición de ser el prestamista único habido en su terruño natal. Los paisanos del muy ilustre pueblo, comentaban en voz baja, que el hijo mayor de Tino El Pichirre quien en vida respondió al nombre de Leonardo enrique Pérez había muerto de una alta fiebre porque Don Tino nunca quiso comprarle remedio alguno para combatir la enfermedad, remedio este consiste según prescripción impartido por el curioso de la localidad, Custodio Manzano, en un medio litro de caña para darle baños a su hijo Leonardo Enrique. Sin embargo Don Tino pensó que esa fiebre le pasaba a su hijo Leonardo Enrique, con la frescura de la mañana, por eso Don Tino se preguntó ¿para qué gastar medio real en ese medio litro de caña?, ya que eso era botar los reales, y la enfermedad se le iba a pasar con la frescura de la mañana. Como consecuencia de esa incertidumbre la muerte de Leandro Enrique fue muy llorada y comentada en el ilustre pueblo de Nuestra Señora del Rosario. La muerte de Leandro Enrique conllevó a que Don Tino se le ablandara un poco el corazón, y como consecuencia a sus otros hijos Sisoes, Abundio, Filadelfo y Serapio, le daba los fines de semana una morocota de las denominadas Libritas, moneda ésta, que los hijos de tino no podían comercializar en el muy mencionado pueblo ya que los pulperos, tienderos, no tenían como dar vuelto a dichos poseedores de tales morocotas, cuando ellos intentaban comprar algún gofio, un confite, una paledoña o cualquier dulce o merengue que expedían en las tiendas o pulperías de la localidad, como consecuencia de lo mismo, el domingo en la noche le decía a sus hijos: “Mis queridos hijos vuelvan a darme las libritas, es decir las morocotas que yo les di para guardárselas, yo se las vuelvo a dar el próximo fin de semana para que se la enseñen a sus amigos”. Ese hecho se repitió por muchos años, la colectividad nunca supo si por fin los hijos de Don Tino, Sisoes, Abundio, filadelfo y Serapio, pudieron gastar las morocotas en cualquier necesidad que a ellos le apeteciera. Así mismo era Voz-Pópulis, entre los habitantes del muy ilustre pueblo Nuestra Señora del Rosario, que la esposa de Don Tino, Doña Josefina Corea de Pérez, “se había vuelto loca del hambre que pasaba, ya que Don Tino, era duro”, como decía la gente hasta para gastar dinero en alimento. Morocota, pesos o bolívares que le entraban por cualquier concepto a Don Tino Pérez, bien por concepto de interés de la plata dada en calidad de préstamo a interés, o por la venta de los productos provenientes de su finca “La Fortuna”, era dinero que guardaba Don Tino, y así mismo trataba de convertir toda su fortuna en monedas de morocotas, ya que según el pensar de Don Tino el Oro llamaba al Oro, y que de esa manera su fortuna se acrecentara. Cuando don Tino, necesita comprar bien chimó para mascar o tabacos para fumar, nunca enviaba locha o cuartillo alguno para su compra, sino que resolvía entre los nidos de las gallinas y le enviaba tantos huevos hicieran el equivalente a la compra a realizar, al paisano Antonio Gutiérrez, dueño del “gato de la gaveta”, y muchas veces, hasta los huevos empollados por las culecas gallinas eran sacados del nido, para completar el precio de la compra a realizar por Don Tino Pérez. Ni el hambre le hacia gastar el dinero a Don Tino, el decía “La gente si es faruquiadora de dinero, como van a gastar a la plata en golosinas y chulerías, yo cuando tengo hambréeme introduzco un grano de sal en la boca y así se me quita la necesidad”. Sin embargo por la falta de alimento, y hambre que pasaba la figura de Don Tino se iba haciendo desgarbada y famélica, su figura quijiosteca, cada vez se hacia mas presente en su rostro amarillento y el decía que sufría de fiebre hematúricas. Sin embargo había gente del pueblo que comentaba “Yo creo que Don Tino tiene el tigre encaramado”, alusión esta que en la vida cotidiana de los habitantes del pueblo Nuestra Señora del Rosario, equivalía a estar tuberculosos, enfermedad esta muy común y fatal para aquellos años de 1.920, en que iba transcurriendo la vida de Don Tino Pérez. Era común que Don Tino fuera en su mula denominada “Paso Doble”, animal más bien parecía una barra sabanera, por viejo y flaco, y que muchos de los paisanos de Don Tino decían que el y su mula “Paso Doble” se parecía en aspecto físico, que incluso dicha mula ni dientes tenia, ya que en la oportunidad en que Don Tino iba a su casa a su fundo la fortuna, llevaba unas arepas de maíz pelado, las cuales puso sobre el fogón y dada el hambre que tenia “Paso Doble” se las comió, y como castigo con un alicate Don Tino le sacó las muelas de la hambrienta mula. La enfermedad de Don Tino cada vez se hacia mas patética. Máxime que no tenía quien lo cuidara. Su mujer Josefina Correa de Pérez, en su mundo de locura no se daba cuenta de la enfermedad de Don Tino, y sus hijos Sisoes, Abundio, Filadelfo y Serapio, se había ido en busca de mejor fortuna con una compañía petrolera que había llegado en un sitio cercano al pueblo Nuestra Señora del Rosario y dado la honradez y compostura de los hijos de Don Tino, los mismo fueron llevados por Mister Jonson, a varios sitios de Venezuela en la exploración de esa nueva riqueza como lo era el petróleo. El único consuelo de Don Tino ya ciego y viejo y solo era tocar las monedas de morocotas y tomar el peso al viejo baúl donde guardaba las mismas. La única persona que acompañaba a Don Tino, además de su mujer loca Josefina Correa de Pérez, era Chinche Piñero, joven sambo, producto de la unión extramarital habida de una negra gorda cocinera llamada Yina Piñero, quien hacia múltiples oficios en la casa Rural Nuestra Señora del Rosario, y de un indio esclavo llamado Expedito Manzano, indio este que había sido comprado por pocos pesos por Asunción Pérez, padre de Don Tino, Formado por lo tanto el mismo, parte de la familia Pérez. Por cuanto Chinche Piñero se había criado de niño en la casa de los conyugues Pérez Don Tino decía lo tenia como a un hijo, pero en el fondo de Chinche Piñero era la persona que se levantaba en la madrugada, ordeñaba las vacas, cortaba la leña traía el agua del manantial, servia de mandadero, y hacia todos los trabajos duros y livianos apenas se le pagaban sus oficios con unos pedazos de yuca muchas veces chautas, leche cortada y sal, alimento que se le daba casi en forma diaria, y por vestido unos harpíentos pantalones que sujetaba su cuerpo Chinche Piñero con un cordel. La enfermedad minaba día a día el cuerpo y el alma de Don Tino, estaba quedando ciego, la tuberculosis y el hambre reinaba en su cuerpo pagano, sin embárgala codicia y la avaricia no desvanecía en su alma pecadora todos los días acariciaba sus morocotas y hacia que su fiel criado Chinche, se las limpiara y las expusiera al sol. Un Día cuando ya había muerto Josefina Correa de Pérez en la más extrema miseria Chinche tuvo la osadía de tomar una de las morocotas que eran el único aliento de Don Tino y la sustituyo por un trozo de latón, el cual había redondeado Chinche dándole forma de morocota y percibiéndose, que Don Tino no se había dado cuenta del cambio, Chinche día a día fue sustrayendo morocotas y morocotas sustituyéndolas por trozos de latón en forma de morocotas sin que Don Tino se diera cuenta de dicho fraude Don Tino aferrado a su riqueza dormía abrazado al pequeño baúl repleto de trozos de latón que el creía que eran morocotas, mientras tanto Chinche se daba vida con la Mulata Maria Auxiliadota, así mismo Chinche compro un caballo de paso firme e igualmente Chinche sustituyó sus corroídos dientes por una prótesis dental cubierta de oro, hasta el punto que la gente decía ¡cuando chinche se ríe en la oscuras noches del muy ilustre pueblo Nuestra Señora del Rosario, sus dientes resplandecen haciendo la noche un alba con el brillo de sus dientes!”, Don Tino muere tuberculoso producto de la extensa hambre que padeció por no gastar en alimento, muere solo y abandonado, su cuerpo fue quemado a objeto de exterminar la tuberculosis en el pueblo y extraños en busca de tesoro que presumiblemente había dejado Don Tino mientras que el sambo Chinche desapareció de los contornos con la mulata Maria Auxiliadora, y dicen los que después lo vieron que su dentadura cada vez mas resplandecía, y que con esos dientes de oro con que nunca comió Don Tino, mejor conocido como: “EL PICHIRRE”.
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